El barniz

Publicado el 10 abril 2013
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A la hora de barnizar, lo primero que hemos de tener en cuenta es que las condiciones atmosféricas existentes en la habitación en la que vayamos a trabajar van a influir en el resultado de nuestra obra. Por ello, intentaremos que, en la estancia, las corrientes de aire no incomoden nuestra labor, la temperatura ronde los veinte grados y la ventilación sea considerable.

No debemos remover el barniz, dado que el movimiento contribuye a la formación de burbujas. Antes de empezar a barnizar, limpiaremos concienzudamente la brocha, que debe ser gruesa y con el borde biselado. Limpieza concienzuda, en fin, y con aguarrás. Una vez lista la brocha, colocaremos un alambre cruzado sobre la boca del bote de pintura. Allí escurriremos nuestra brocha cada vez que nos parezca oportuno: allí, y no contra el borde del bote, costumbre ésta muy extendida pese a que está más que comprobado que así producimos burbujas. El modo de aplicación del barniz es el siguiente: brochazo de izquierda a derecha, brochazo de derecha a izquierda, y así, sucesivamente, hasta cubrir una extensión de unos treinta centímetros por treinta centímetros. Allí donde acabe el último brochazo, empieza el primero de la segunda vuelta: ahora, brochazo desde abajo hasta arriba, brochazo de arriba hacia abajo. Completamos el cuadrado 30×30. Si el fabricante recomienda otro modo de empleo, otro modo de empleo habremos de seguir.

Una vez hayamos extendido la primera capa de barniz, lijaremos con papel abrasivo muy fino —muy fino, cabe repetir—y pasaremos a continuación un trapo humedecido en disolvente sustitutivo del aguarrás sobre la superficie barnizada. No aplicaremos ni ese lijado posterior ni la segunda capa de barniz hasta que la primera no se haya secado completamente, y no esté en absoluto pegajosa. En fin: barnizado, secado, lijado, barnizado.

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